Un día mi padre, siendo niño, me dijo: (ya no recuerdo sus
palabras): escóndete en la casa, luego te buscaré. Sigo escondido, esperando.
Felipe García Quintero
No se por qué hace días las conversaciones, los eventos y diferentes situaciones en cualquier ciudad de Colombia me llevan a temas de la infancia.
Creo haber leído hace muchos años en el pequeño y revelador libro Cartas a un joven poeta, de Rainer María Rilke, que si uno aspiraba a ser escritor y estuviera en una cárcel o postrado en una cama sin posibilidad alguna de conocer y disfrutar el mundo exterior, se debía recurrir a la infancia como un inagotable universo literario. Esa era la idea.
Así que en las últimas ciudades me han hecho recordar la infancia y haciendo caso a Rilke ese luminoso poeta de Praga queiro contarles un poco de esos años infantiles en una ciudad intermedia como Manizales. Este es un viaje con los amigos de una generación que se divertían con las pequeñas cosas y hoy lo harán a través de la nostalgia.
Cuando era pequeño con mi escaso salario de estudiante (cinco pesos diarios) y muy pocos años -nueve o diez-, sin saber nada sobre mi futuro, me subía a unos buses rojos y azules que iban a barrios que yo desconocía en la pequeña y naciente Ciudad de las Puertas Abiertas. Lo hacía sólo por el placer de viajar, de conocer otros lugares, otras seres, otros aires.
Esas gentes eran las personas de los barrios populares seres normales, corrientes, simples. Yo no conocía el mundo y el mío eran los límites de esta Ciudad Amarilla que me ha visto crecer.