
Es la una y media de la madrugada del martes 10 de agosto. No hubo lluvia en la ciudad. Apenas y un leve viento -frío y delgado- se cuela por debajo de la puerta. El apartamento permanece indiferente a los cambios de clima. Tengo una sensación de orfandad. Un extraño sentimiento de abandono. Un deseo de no querer dormir. Unas ganas terribles que amanezca pronto. El caso es huir a las horas que siguen hasta que la luz del sol ilumine las paredes que habito.
En un rato la alarma de mi celular me dirá es tiempo de levantarse. Es hora de iniciar la rutina: beber jugo de naranja, hacer unos huevos revueltos, preparar chocolate con leche, embadurnar de mantequilla unas tostadas, agregar queso y al final entrar al cuarto de baño para salir limpio rumbo a mi oficina.
Pero aún es la una y treinta de la madrugada del 10 de agosto. Estoy sentado en el sofacama color mostaza de mi apartamento. Me ilumina una tenue luz de lámpara de piso. Hay un vaso con restos de Ron Viejo de Caldas en uno de los brazos del sofá. Me siento indefenso, desprotegido, abandonado. Una sirena rompe el silencio. - Hay alguien en problemas, me digo, como esperando una respuesta que no va a llegar.