
Cómo nos vamos transformando. Pasamos de idolatrar a Michael Jackson en esa década de música disco con su álbum Thriller a ser sus verdugos años después.
Dejamos de usar las bicicletas Monark, recuerdan esas bicicletas a las que en Manizales llamábamos monaretas, Disfrutamos al, ya inmortal, grupo Menudo con sus licras de colores pastel y sus estribillos, Lluvia, lluvia, arco iris/ vienes y te vas/ mojando mis cabellos o… Súbete a mi moto/ nunca haz conocido/ un amor tan veloz. Súbete a mi moto/ ella guardará / el secreto de dos.
Descubrimos en la música a Guns and Roses y en la literatura El nombre de la rosa, el estupendo libro de Umberto Eco y terminamos con la caída del muro de Berlín en 1989 y aprendiendo, de paso, la postura política que debíamos asumir. Y acaso cada uno de ellos no son a su manera antihéroes ochenteros. Pero llegamos a una década distinta donde todo acabó por descuadernarse.
Así, sin más una tarde de viento invernal, encerrados en un taxi debido a un trancón en Bogotá, Federico tomó una postura de hombre maduro y me dijo dos o tres cosas sobre mujeres. Esa actitud me recordó al viejo Henry, mi padre, el antihéroe que perdí en la absurda batahola de la vida hace 12 años y me ví solo. Me enteré -de una vez y para siempre- que ya una sola mujer bastaba para arriesgarlo todo y con esa revelación vino la nostalgia.